Él sólo podía escuchar esa suave voz en su cabeza. La voz de un niño que no cesaba de canturrear. Llevaba años oyéndola, pero no había querido escucharla.
Cada día era un engaño, una máscara para ocultarse de si mismo, de su cabeza, de aquella melodía.
Él siempre hablaba más alto, pensaba más alto y soñaba más alto que el niño y su canción, así se mantenía cuerdo, así podía seguir en este mundo.
No recordaba con exactitud cuando comenzó a oír al pequeño. Ya era parte de su vida, y de él.
Pasaron los años, monótonos, unos mejores y otros peores, pero todos monótonos.
Un día, al anochecer, la suplicante melodía resonaba con fuerza en sus pensamientos, luchando por salir, luchando por ser revelada al mundo, luchando por que él la escuchase por fin.
Entonces, el hombre, cansado de luchar consigo mismo, cedió al reclamo y escuchó:
-Sácame de aquí, llévame lejos, donde nadie pueda volver a encontrarme jamás...-
Esas palabras resonaban en su cabeza, una y otra vez, la voz de un niño que no cesaba de llorar aquella suplicante melodía...
Entonces recordó. Se dio cuenta de que la insistente canción no era más que el recuerdo de una infancia rota, el lamento de una inocencia prematuramente perdida.
Recordó todo. Recordó por qué.
Cogió su revolver del armario y apunto directamente a su cabeza.
Y disparó.
Jamás volvería a escuchar, esa triste melodía.
1 comentarios:
No te conozco pero cada noche me dejas más y más impresionada.Me gustaría saber cómo se te ha ocurrido narrar un suicidio...interesante.Un saludo
Publicar un comentario