La cortina no le dejaba ver el exterior. Se levantó y se dirigió hacia la ventana. Sintió el tacto de la alfombra bajo sus pies descalzos. Alargó la mano, y deslizó la tela unos centímetros a la derecha. La ventana estaba llena de pequeñas gotitas transparentes, fruto de la lluvia que asolaba el cielo desde primera hora de la tarde.
Observó el ritmo de la ciudad mojada, se fijo en los presurosos peatones, ansiosos por llegar al calor de sus casas, donde no se mojan ni tienen frío.
Inspiró pausadamente, y pensó que esa tarde el aire olía a asfalto mojado. Un agradable olor de color gris. Un olor que evocaba la monotonía de la ciudad.
Dejo caer de nuevo la cortina, que recobró su posición. Dio media vuelta, y se dirigió al teléfono. Marco un número. Un tono, dos, tres...
-¿Diga?
-Hola, soy yo.
-No esperaba tu llamada.
-Ni yo. Pero te hecho de menos.
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